Neuropsiquiatría: Neurología y psiquiatría

Durante gran parte de la historia de la medicina, la Neurología y la Psiquiatría formaban un campo común dedicado al estudio del cerebro, la conducta y la mente. No existía una separación clara entre los trastornos neurológicos y los mentales, ya que ambos se entendían como expresiones de un mismo órgano.

La separación progresiva entre ambas disciplinas se inicia a finales del siglo XIX, impulsada por el desarrollo de la anatomía patológica y la localización de lesiones cerebrales. Aquellas enfermedades con una causa orgánica identificable pasaron a formar parte de la Neurología, mientras que los trastornos mentales, cuya base biológica no podía demostrarse con las técnicas disponibles de la época, quedaron en el ámbito de la Psiquiatría.

Con el tiempo, esta separación fue definiendo áreas de actuación distintas. Sin embargo, la práctica clínica actual muestra que algunos síntomas o trastornos no pertenecen a una única especialidad, sino que implican a ambas. Esto ha favorecido enfoques más integradores que contemplan, según el caso, tanto la dimensión neurológica como la psiquiátrica.

En mi experiencia clínica en neurología, pude observar que, en ocasiones, algunos síntomas neurológicos no seguían el patrón esperado de presentación ni respondían de forma previsible a los abordajes habituales. En estos casos, otros factores (emocionales, relacionales o contextuales) parecían influir de manera significativa en la expresión del síntoma y no siempre estaban siendo tenidos en cuenta, como ocurre, por ejemplo, en los trastornos neurológicos funcionales.

De forma complementaria, la práctica clínica también muestra la situación inversa: síntomas que pueden parecer inicialmente psiquiátricos y que, sin embargo, forman parte de una enfermedad neurológica subyacente. En los trastornos neurocognitivos, por ejemplo, los síntomas psicológicos y conductuales asociados a las demencias pueden preceder durante años a los síntomas considerados clásicos, como la amnesia u otros déficits cognitivos.

A ello se suma el hecho de que numerosas enfermedades neurológicas se asocian a trastornos psiquiátricos, como alteraciones emocionales, conductuales o de la personalidad secundarias a lesiones cerebrales. En conjunto, estas situaciones ponen de relieve la importancia de una comprensión clínica integrada que tenga en cuenta los distintos aspectos implicados en la expresión del malestar.

Desde esta constatación surgió mi interés por ampliar mi comprensión del cerebro, tras la especialización en Neurología, a través de la Psiquiatría. De este modo, he buscado una lectura más amplia del funcionamiento cerebral y de la experiencia subjetiva del paciente, integrando de forma conjunta los aspectos neurológicos y psiquiátricos del malestar.

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¿Qué patologías son comunes a la neurología y a la psiquiatría?

Los síntomas psicológicos y conductuales asociados a demencia (dentro de los trastornos neurocognitivos): cambios del estado de ánimo, ansiedad, apatía, irritabilidad, agitación o alteraciones de la conducta, que pueden preceder o acompañar a los trastornos neurocognitivos.

Seudodemencia depresiva: síntomas cognitivos (dificultades de memoria, atención o enlentecimiento del pensamiento) que simulan un deterioro cognitivo, pero que no corresponden a un proceso neurodegenerativo ni a otras causas neurológicas de demencia. El diagnóstico se establece mediante un diagnóstico diferencial, descartando patología neurológica y valorando de forma específica la esfera afectiva.

Los trastornos del movimiento pueden cursar con síntomas psiquiátricos que forman parte del propio trastorno neurológico o que se relacionan con su tratamiento.

  • Síntomas psiquiátricos en la enfermedad de Parkinson: depresión, ansiedad, apatía, síntomas psicóticos o alteraciones cognitivas.
  • Efectos psiquiátricos de tratamientos neurológicos de los trastornos del movimiento, especialmente en el contexto de tratamientos dopaminérgicos.
  • Trastorno del control de impulsos: conductas impulsivas como juego patológico, compras compulsivas, hipersexualidad u otras conductas desinhibidas.

Cuadros en los que una alteración neurológica se expresa principalmente a través de cambios emocionales, conductuales o de la personalidad.

  • Trastornos de la conducta de origen neurológico
  • Trastornos afectivos secundarios a lesión cerebral.
  • Cambios de personalidad secundarios a lesión cerebral.

Síntomas derivados de una alteración del funcionamiento de uno o varios sistemas, en ausencia de una lesión estructural identificable. Entre ellos se incluyen los trastornos neurológicos funcionales, con manifestaciones motoras, sensitivas, cognitivas o paroxísticas. Pese a no identificarse una causa estructural, los síntomas son reales para el paciente y pueden producir un malestar clínicamente significativo y deterioro funcional.

  • Trastornos neurológicos funcionales, con síntomas motores, sensitivos o cognitivos funcionales.
  • Fenómenos paroxísticos no epilépticos (crisis psicógenas), episodios que simulan crisis epilépticas sin actividad epiléptica cerebral.

Cuadros en los que el malestar emocional y los factores contextuales influyen de manera significativa en la expresión de síntomas físicos reales.

  • Dolor crónico, fatiga persistente o molestias somáticas funcionales.

Alteraciones del sueño que aparecen en el contexto de trastornos psiquiátricos.

  • Insomnio asociado a trastornos depresivos, de ansiedad o trastorno bipolar.
  • Alteraciones del ritmo sueño–vigilia en cuadros afectivos, adaptativos o de estrés crónico.
  • Hipersomnia de origen psiquiátrico.
  • Parasomnias relacionadas con patología psiquiátrica, como pesadillas recurrentes.
  • Trastornos del sueño inducidos o agravados por tratamiento psicofarmacológico.

Trastornos relacionados con alteraciones en el desarrollo del sistema nervioso, con manifestaciones cognitivas, conductuales y emocionales.

  • Trastorno del espectro autista, Trastorno del espectro autista (TEA), con dificultades en la comunicación social, la flexibilidad cognitiva y la regulación emocional. En algunas personas, especialmente cuando las manifestaciones son más sutiles o han desarrollado estrategias adaptativas, el diagnóstico puede llegar en la edad adulta, al haber pasado desapercibido durante la infancia o la adolescencia.
  • Trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad (TDAH), caracterizado por dificultades atencionales, impulsividad y problemas de organización y autorregulación. En la edad adulta puede expresarse de forma diferente a la infancia y ser diagnosticado de manera tardía, tras años de dificultades académicas, laborales o relacionales no explicadas.
  • Discapacidad intelectual. Algunas personas con discapacidad intelectual pueden requerir atención psiquiátrica cuando presentan síntomas emocionales, conductuales o del sueño que generan malestar o deterioro funcional. La intervención psiquiátrica permite realizar una valoración diagnóstica adecuada y orientar el tratamiento cuando existe patología psiquiátrica asociada. En esta población, la aparición brusca de síntomas psiquiátricos debe considerarse un signo de alarma y obliga a descartar la presencia de un proceso orgánico subyacente.