Cuando se piensa en una demencia, se asocia habitualmente a la pérdida de memoria o de otras funciones como la atención, el lenguaje, la orientación o la capacidad para organizarse y tomar decisiones.
Sin embargo, además de estas alteraciones cognitivas, muchas personas desarrollan síntomas psicológicos y cambios en la conducta, que forman parte de la propia enfermedad y pueden aparecer en cualquier momento de su evolución, incluso en fases tempranas.
Con frecuencia, estos cambios son los que llevan por primera vez a consultar con un médico.
Que estos síntomas formen parte de una enfermedad de base debe ser reconocido en la evaluación médica, ya que permite orientar el abordaje terapéutico de forma integral, así como ofrecer pautas a los cuidadores.
Son frecuentes los síntomas depresivos y la pérdida de interés por actividades previamente significativas. El paciente puede mostrarse triste, retraído o emocionalmente plano, con disminución de la iniciativa y la motivación.
La apatía es uno de los síntomas más comunes y puede confundirse con depresión. Se caracteriza por falta de iniciativa, disminución de la respuesta emocional y escaso interés por el entorno.
La ansiedad puede manifestarse como preocupación constante, inquietud, miedo injustificado o sensación de inseguridad, especialmente en entornos desconocidos o ante cambios en la rutina.
Pueden aparecer insomnio, despertares nocturnos frecuentes, inversión del ritmo sueño–vigilia o aumento de la confusión nocturna.
Incluyen irritabilidad, agitación, agresividad verbal o física, conductas repetitivas, desinhibición o comportamientos socialmente inapropiados. Estos cambios pueden resultar especialmente difíciles de manejar para el entorno cuidador.
Algunas personas pueden desarrollar delirios, como ideas de perjuicio, robo o abandono, así como alucinaciones (percibir cosas que no están presentes), que con mayor frecuencia son de tipo visual.
La presencia de síntomas psicológicos y conductuales requiere una valoración médica especializada, ya que pueden estar relacionados con la propia evolución de la demencia, con factores ambientales, con enfermedades médicas intercurrentes o con efectos secundarios de tratamientos.
Un abordaje integrador permite realizar un diagnóstico adecuado y establecer un plan terapéutico individualizado, que puede incluir intervenciones farmacológicas y no farmacológicas, con el objetivo de aliviar el malestar y mejorar la calidad de vida.